Durante la época porfirista, México vivió un período de desarrollo económico aparente, mientras que, bajo una superficie brillante, se ocultaba la explotación desenfrenada de sus recursos naturales y humanos.
Las tiendas de raya, instituciones que pretendían facilitar la vida de los trabajadores en las haciendas, se convirtieron rápidamente en sinónimo de esclavitud para los indígenas y campesinos, la promesa de un trabajo digno fue traicionada; la dignidad humana se vio pisoteada por el voraz enriquecimiento de unos pocos.
La gran mayoría de los trabajadores eran analfabetos, lo que los dejaba a merced de contadores y capataces astutos, estos manipulaban los pagos, condenando a los indígenas a un ciclo interminable de deudas, aceptaban las crueles condiciones impuestas por los hacendados, atrapados en un sistema de servidumbre del cual nunca podían escapar.
Los productos básicos, junto con el aguardiente, la ropa y el calzado, se ofrecían a precios exorbitantes. El pago que recibían, ya sea en vales o monedas acuñadas por el dueño de la tienda, solo podía ser utilizado en dicho establecimiento. Este mecanismo aseguraba que los trabajadores estuvieran eternamente atados a la hacienda, mientras que abandonar el lugar significaba enfrentar castigos brutales, perpetuando así un estado de dependencia y miedo.
Hoy, las monedas que perduran en los hogares de quienes sobrevivieron a esa opresión son más que simples objetos; son reliquias de resistencia.
Una familia en Ciudad Valles, custodia con cariño esas monedas, que pertenecieron a su abuelo, desconocen su historia completa, pero saben que cada moneda es un recordatorio de que somos herederos de una lucha continua.
La Revolución no fue solo un grito de libertad; fue una reivindicación de la dignidad, un llamado a honrar el legado de aquellos que fueron relegados a la servidumbre.
Fuente: Prof. Crescencio Martínez Candelario
Cronista Municipal




