CIUDAD VALLES, SLP – Una noche cualquiera de miércoles se convirtió en un recordatorio sobre lo frágil que puede ser nuestra seguridad en las calles.
En el cruce del bulevar México-Laredo y avenida Universidad, dos autos se encontraron de una manera que ninguno de sus ocupantes esperaba. Un Nissan Tsuru rojo que circulaba desde la Central de Autobuses hacia el centro de la ciudad. Un Nissan Sentra blanco que simplemente cruzaba su ruta normal. Y entre ellos, una decisión en fracción de segundo: acelerar cuando el semáforo marcaba rojo.
Lo que sucedió después fue el caos contenido que caracteriza a los accidentes vehiculares. El impacto. El ruido metálico. Los gritos contenidos. La adrenalina de quienes se encuentran de repente en una situación que no controlaban.
En el Tsuru viajaban cuatro personas: tres adultos y un menor de edad. Sus planes para esa noche terminaron en ese cruce. En el Sentra, un joven conductor que probablemente ni vio venir lo que pasaría.
Pero algo importante no sucedió. No hubo tragedias. No hubo hospitalizaciones. No hubo familias destrozadas esperando noticias en una sala de emergencias. Los golpes fueron leves. Algunos moretones. Algo de dolor. Susto, mucho susto.
Los brigadistas de la Comisión Nacional de Emergencias llegaron rápido. Revisaron a cada persona. Hicieron su trabajo con la calma de quienes han visto de todo. Los policías y elementos de Tránsito Municipal también se presentaron, tomando nota de lo que había ocurrido, reorganizando el caos vehicular que se había generado alrededor.
Y entonces vinieron las conversaciones incómodas. Los dos conductores dialogando sobre quién tuvo la culpa, sobre los daños, sobre cómo se resolvería esto. Porque después del susto viene la realidad práctica: los seguros, los arreglos, la incertidumbre de si los autos volverían a circular como si nada hubiera pasado.
Lo que la mayoría de la gente no ve en estas noticias es eso: el momento después. Cuando el adrós baja y la gente tiene que procesar lo que casi pudo ser. El conductor que se pregunta si debería haber esperado esos tres segundos más. El joven en el Sentra que sigue sin creer que esto le sucedió. Las tres adultos en el Tsuru explicándole al menor que está todo bien, que fueron solo golpes.
Una noche cualquiera que recordará a cualquier persona que la próxima vez que vea un semáforo en rojo, espere. Que esos segundos no valen lo que se pierde en un segundo de distracción o impaciencia.
La suerte estuvo de su lado esta vez. No siempre es así.
